
El sábado volvimos a Zaragoza, ciudad que cada vez me gusta más y me trata mejor. Visita breve pero intensa, like the life sometimes.
En la foto, el genial, divertido y dicharachero
Javier López Clemente, y un desconocido (que ya pronto dejó de serlo) que me asaltó a la entrada de la
Campana con eufóricos gritos de "¡¿Panda de Tolos?! ¡¡Soy fan!!",
Paco Peco de
La Casa de Zitas (un proyecto que se está preparando en Zaragoza y del que ya hablaremos más adelante).
Mientras subo los vídeos del recital de
Guinda, os dejo a continuación con un superpoema que acabo de escribir y que nos enseña lo dura que puede ser la vida en algunos sitios si eres un niño en verano. Está basado en hechos verídicos reales, y es así, a lo tolo como se hacen ahora, sin conrrimar ni nada:
Sitges localidad costera.
Calurosa tarde de verano
sin festival de refrescante cine.
Disfrutando las vacaciones
los niños juegan al futbol
y beben Cacaolat.
De repente, sobre ellos
comienza a llover
dinero.
Montones de monedas caen del cielo
guiadas por voces y gritos en extranjero
que interrumpen el partido.
Ávidos de golosinas,
los niños recogen con furor todo el dinero
y se van, desoyendo las voces.
Pero al regresar a casa,
henchidos de Cacaolat
y demás dulces viandas,
¡oh no!¡toca reprimenda materna!
¡y severo castigo!
por aceptar dinero
de desconocidos
que
vaya
usted
a
saber
qué
oscuras
intenciones
se
traían
para
con
nuestros
pobres
e
inocentes
chiquillos.
(¡Diabólicos turistas!)
Desde entonces
aquellos niños aprendieron la dura lección:
no hay que fiarse de nadie
ni siquiera de uno mismo.
Por su egoísmo y su exceso de Cacaolat
se dieron de bruces contra la vida.
Ahora se compran el Okey, el Nesquik o el Pascual,
Cacaolat ya no,
con su propio dinero.
No más Cacaolat.
El Cacaolat significó el fin de su libertad.